15 abr. 2011

Mi primera bicicleta

Jamás olvidaré el primer regalo que me obsequió mi padre: una bicicleta para niña. Era rosada y tenía un Hello Kitty en su cesta. A mí no me importó que tuviera motivos de nena, ni que yo aún no supiera andar en bicicleta. Papá dijo que cayéndome forjaría el carácter, no con esas sandeces del triciclo. Y para asegurarse de que todo estuviera bien en mi primer paseo en bicicleta, antes de ponerle el lazo de regalo se encargó de quitarle los frenos. A mamá le hacía tanta ilusión mi paseo que le pidió a papá que lo grabara. No hubo primeras caídas leves,  la mía fue directa al barranco, por donde rodé como una canción mexicana. Abajo me esperaba una enorme y filosa piedra que me rajaría el cráneo y aumentaría el índice de mortalidad infantil. Sin embargo, mi abuelo (el esbirrro), que había salido temprano a trabajar, acababa de echar a rodar un cuerpo en el despeñadero, así que gracias a mi abuelo mi caída se amortiguó sobre el cuerpo-cadáver. Desde abajo, adolorido y  magullado,  podía ver la discusión entre mi padre y el abuelo. Veía cómo mi padre le manoteaba al viejo en la cara, oía insultos lejanos. Pronto desfallecí, estuve en coma durante varias semanas y cuando desperté estaba en un hospital. Por una de las enfermeras me enteré de que mi madre había demandado al hospital por no desenchufarme a tiempo, para que no sufriera más, alegaba la que me parió. Al regresar a casa me enteré de que al abuelo lo habían internado en un asilo de ancianos y que papá no le hablaba aún; a pesar de que después de mi accidente los dos tuvieron que trabajar en conjunto para deshacerse del cuerpo y de la bicicleta para evitar interrogatorios indiscretos. Mientras ellos cavaban, mi madre les repartía limonada.  Todo esto me lo contó la abuela, ese día que fue a buscarme en el hospital, con su feroz olor a orines. También me advirtió acerca del mal humor de mamá, "no la provoques", me dijo, "desde que perdió la demanda con el hospital no se le puede ni mirar la cara".

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