10 abr. 2011

Niño X (a veces XY)

De pequeño, cuando me acercaba a alguna niña, me golpeaba. Lo hacían todas, no importaba si eran feas o lindas. Las niñas sentían suyo el derecho de maltratarme a su antojo. Alguna vez se me ocurrió escribirle una carta a Marita, la más fea del curso, creyendo ingenuamente que por su condición seguramente me lo agradecería. Nunca soñé con las más lindas porque desde el primer día de clases mi padre, que es un hombre muy sabio, ya se había encargado de alertarme sobre mi futuro con las niñas y con el resto de mi vida: "Hijo, de aquí en adelante te tocará el último puesto y jamás la niña bonita.Ve a aprender lo que es la vida".  Aprendida la lección, intenté acercarme a Marita pero ella agarró la carta, la escupió, la pisoteó, me la restregó en la cabeza y luego me la hizo tragar, toda, íntegra.  Desde entonces he aprendido a tragarme todo, hasta mi amor propio.

Un día, a la hora del recreo, me agarraron entre todas y me encerraron en el salón de clases, me amarraron con sus cuerdas para saltar y derramaron sobre mi cabeza las botellitas de jugo de guayaba que habían dado de merienda en el comedor. Cuando la maestra logró abrir la puerta, las niñas ya estaban sentadas cada una en sus asientos, fingiendo hacer la tarea. Contra todo pronóstico, la maestra no creyó en mi versión y remató el absurdo exclamando a viva voz: "¡Por Dios, niño X, eres capaz de llegar muy bajo para llamar la atención de las niñas!" Sí, me llamaba niño X, no sólo la maestra sino el resto también, y cuando estaba verdaderamente furiosa conmigo me decía XY, anotándose en esa costumbre que tienen algunas mujeres de llamar a sus hijos por sus nombres completos cuando éstos se portan mal.


Desde ese día la maestra decidió ponerme a escuchar clases afuera del salón, pegado a la puerta, creyó que era lo más sano. La directiva de la escuela y mis padres estuvieron de acuerdo, sólo me permitían entrar al aula en el recreo, mientras los niños salían al patio a jugar. Desde entonces me gusta jugar al ahorcado. 

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