14 may. 2011

Me gustan los postes

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Sé que tengo problemas: me gustan los postes, no puedo evitarlo. Cada vez que me topo con uno, corro a abrazarlo. Cuando era niño, mi padre trató de controlar mi adicción llevándome a abrazar postes con descargar eléctricas en sus troncos. A pesar de los severos corrientazos que llevé y que uno de ellos casi me electrocutó, no superé mi gusto por los postes. Alguna vez me llevaron a un psicoanalista que dictaminó que lo mío era un complejo falogocéntrico, que ese gesto de abrazar un poste buscaba el afecto y apoyo paterno. Papá demandó al psicoanalista por hablador de disparates y por estafador. Y a mí me encerró en el sótano por una semana; menos mal que el sótano ha estado acondicionado desde mi nacimiento. Cuando mi madre se enteró de que estaba embarazada y no se podía hacer nada para deshacerse del feto, le exigió a su esposo que contratara unos buenos albañiles para construir ese recinto. El sótano aún funciona y es donde eventualmente paso los días de fiestas y las vacaciones viendo imágenes de paisajes en Power Point. Éste tiene una letrina, un catre, una mesa y una reserva de pan duro. La Pentium con sistema MSDOS,  la anexamos el año pasado. Para lograrlo tuve que plantármeles duro a mis padres. Ya tenía 40 años, necesitaba una computadora y aprender a usar internet. A veces uno tiene que luchar por sus derechos, sí señor. Lo logré. Claro, suele pasar que mamá desconecta la electricidad y me quedo a oscuras por días. 
Me gusta estar en el sótano porque ese lugar le da una carga heroica a mi vida. En él me siento como Papillón, como Juana de Arco (la de Bresson, encerrada en aquella minúscula y árida celda). No se crean, mi sótano tiene lo suyo. 
Una vez leí una novela llamada El ejército de un hombre solo, del escritor brasileño Moacyr Scliar, la novela iba de un hombre comunista que armaba su batallón con un ratón y otros animales rastreros y domésticos que convivían con él. Me sentí tan identificado con su historia que viajé hasta el sur de Brasil a conocer personalmente al autor y confesarle mi admiración. Por fin había encontrado alguien que me entendía. Al principio me costó hallar su dirección, pero lo logré; sin embargo, cuando me acerqué a su casa la servidumbre no me permitió entrar, tampoco me puso en contacto con él.  Yo no estaba dispuesto a rendirme, así que me dispuse a esperarlo afuera de su casa, cobijado bajo los árboles y aferrado a un poste. Lo malo era que no había llevado otra muda de ropa y pronto comencé a verme sucio y a oler mal. 
En las noches dormía abrazado al poste, eso me reconfortaba  bastante. Un día, lo vi salir en su auto, lo reconocí porque tenía muchas fotos suyas pegadas en las paredes de mi sótano, así que lo llamé: "Señor Moacyr, usted sabe comprenderme" y le largué una gran sonrisa de agradecimiento. Mis palabras fueron en portugués, había estudiado este idioma para tener la frase a la mano cuando lo conociera. El señor Scliar ciertamente se asustó al verme correr a su encuentro y aceleró su automóvil. A pesar de que lo seguí con todas mis fuerzas, no logré darle alcance. Regresé al frente de su casa, dispuesto a seguirlo esperando. Me abracé al poste. Al rato llegó la policía, con órdenes de desalojo, me trataron bien. Prefirieron ponerme una camisa blanca con vistosos accesorios en vez de usar esas rígidas esposas. Les rogué que dejaran que me llevara el poste conmigo, pero no lo permitieron. Al otro día estaba del otro lado de la frontera y mi país y el país del señor Moacyr Scliar estaban en un lío diplomático por mi caso. A mí ya nada me importaba, ni siquiera la impresión del señor Scliar, ahora sólo pensaba en el poste. Ha sido difícil dejar de pensar en ese poste y su swing brasileiro.
  

6 may. 2011

Sexo desdentado

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Mi relación con las mujeres nunca ha sido fácil, en la escuela ninguna niña me trataba, ni siquiera las feas y cuando me hice adolescente todas se burlaban de mi cara brotada de acné. Es que yo no tenía rostro, lo mío era  la más violenta irrupción de pus y espinillas que adolescente alguno pueda soportar. La única vez que me integraron en el clásico juego del amigo secreto fue durante el bachillerato. Como regalo obtuve una lija 600 (con una nota que decía: "para que te lijes la cara", al lado de la nota reposaba una carita feliz); un álbum con imágenes de mujeres contrahechas, fenómenos de circo; la película Freaks, con un papelito que decía: "debiste asistir al casting"; y por último lo mejor: un video pornográfico de dos viejas cogiendo con un hombre joven. 
A pesar de la broma tan pesada, no dudé en ir a la fiesta de despedida escolar. Mi padre, que siempre ha estado atento a los pasos de mi vida, se encargó de grabar la fiesta completa, para luego reunir a la familia y mostrar cómo rechazaron a su hijo durante todo el baile. A mi madre le gustó tanto el video que lo vio en repetidas oportunidades. 
Ya yo estaba grande y no había tenido sexo más que con los habituales animales y muñecas de plástico que robaba a las niñas. Sí, me metía en las habitaciones de los vecinos para hacerme de las muñecas de plástico duro, con rostros de bebés. No me juzguen, para ese entonces  no existían las modernas muñecas inflables.  Y éstas, cuando las pude tener, me causaban alergia en el pene, razón por la cual el médico me recomendó tenerlas sólo como amigas. Y así lo he hecho desde entonces. Pero mis compañeros de clases, sin proponérselo, me dieron una pista: las viejas. Y así fue como empecé a visitar viejitas solitarias que se cachondeaban con mi juventud sin importarles mi rostro abarrotado de granos purulentos.
En principio fueron vecinas ancianas que llevaban más de un cuarto de siglo (mínimo) sin que les chuparan su entrepierna. Luego, decidí ir a mayor escala, me convertí en asistente voluntario del geriátrico de mi localidad. No hay nada más placentero que una mamada sin dientes, se los garantizo.

20 abr. 2011

Semana Santa Underground

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Semana Santa es la época en que verdaderamente me siento en familia. En casa tenemos la costumbre de celebrar todos los rituales cristianos, no como un acto de fe católica sino de acercamiento a través del acoso y la flagelación. Al inicio de la cuaresma, mi madre prepara los tizones para colocar la ceniza en mi frente. Mi abuela le aconseja usar cenizas de tabaco, pero mi madre se mantiene firme en sus métodos rudimentarios. "La fe debe doler", sentencia antes de ponerme el tizón en la frente. Durante los siguientes días de la cuaresma, mi abuela se encarga de sanarme el ardor con una mezcla de tabaco y saliva que prepara en la palma de su mano. Para el domingo de ramos soy el encargado de buscar las palmas en una montaña en las afueras de la ciudad. La creencia familiar es que la búsqueda debe ser nocturna y en solitario, esto garantiza un mayor poder sagrado a las palmas que serán bendecidas. Lo malo es recorrer de vuelta tantos kilómetros, a pie y descalzo, azotado por la picazón de garrapatas que se vienen conmigo. 
Tengo varios roles asignados para la celebración de la fiesta santa. Siempre me tocan los mismos papeles, a pesar de que más de una vez he propuesto que hagamos un casting para asignar el papel de acuerdo a nuestras cualidades histriónicas, no obstante, mi propuesta nunca ha sido tomada en cuenta. Antes de continuar contando cómo celebramos en casa la Semana Santa, debo advertir que manejamos un estilo bastante Underground-sádico-poético. En el acto de la última cena, me toca interpretar a Judas y mi madre hace de Jesús. En medio del bacanal (que sólo pueden disfrutar mis padres y el resto de los apóstoles porque yo debo estar en línea para interpretar a Jesús el viernes de la crucifixión) mi madre-Jesús prorrumpe: "está entre nosotros un hijo de puta que me venderá al enemigo". Los ojos inyectados de sangre de mi madre-Jesús se fijarán en mí, y pronto ella se deslenguará en ofensas, golpes y una guerra de comida contra mi cuerpo atado al respaldo de la silla de piedra. 
Para abastecerse del resto de los apóstoles, mi padre invita año tras año a algunos antiguos compañeros de prisión . La mayoría de ellos suelen ser enfermos mentales que disfrutan del festín de golpes y vejaciones que se brindan en la última cena.Varios de estos amigos se quedan para el viernes de crucifixión y siempre se les asigna el papel de soldados romanos. Y como en casa no gusta la utilería, los látigos y las armas son reales. 
La última cena suele culminar en una orgía entre mis padres y los apóstoles, mientras que yo quedó exhausto luego de haber sido amarrado, condenado, golpeado y sodomizado (a veces no en este mismo orden.)
A mi madre le encanta hacer del apóstol Pedro cuando le toca negar a Jesús, lo malo es que ella es demasiado histriónica y se toma muy en serio su personaje, tanto que termina exagerando su parlamento, extendiéndolo a una serie de negaciones y ofensas innecesarias. "No es mi maldito hijo. Lo juro por dios que no es mi hijo. Él es sólo un error de cálculo, un mal lechazo. No, no es mi hijo. Quitádmelo de encima, de lo contrario os juro que lo mato". Mamá se pasa, hasta asume acento español, el mismo del doblaje de las películas santas de los años 50. Tan involucrada está con su personaje que entra en trance y comienza a golpearme, luego cae desmayada y botando baba por la boca. Mi madre es tronco de actriz.
A papá le interesa menos la actuación, sin embargo, disfruta mucho haciendo el papel de Poncio Pilato, sobre todo cuando ofrece al pueblo escoger entre el llamado Mesías y el popular delincuente Barrabás. Como todo un Show-Man muestra los beneficios de liberar a Barrabás, mientras a Jesús (o sea yo) lo va empujando al abismo del viernes. En el acto de la crucifixión, prefiere hacer del soldado que le da vinagre por agua al crucificado. Le gusta tanto el papel del soldado que apuesta a los pies del adolorido Jesús (o sea: yo, señores). Alguna vez casi me desangro porque papá se quedó apostando y se le olvidó descolgarme de la cruz. Ya saben que a mi madre le gusta usar clavos de verdad para el acto más importante de la Semana Santa, esto le da un aire más real a la representación. Una vez cogí una infección porque no me pusieron la vacuna antitetánica después de desclavarme. Mi madre no la consideró necesaria, dijo que con alcohol bastaba. Bueno, ella no tiene porqué saberlo todo. 
El año pasado me crucificaron en un palo ensebado, mis padres estuvieron de acuerdo en que este elemento le agregaba un toque autóctono a nuestra experiencia teatral-religiosa. Lo malo de esta decisión es que el desgarramiento y el dolor se intensificaron, pero valió la pena, quedó de un original...
Para este año mis padres tienen planeado que no haya resurrección. La idea es enterrarme entre rocas gigantes que no permitan la salida por ningún lado. Según ellos, esta puesta en escena pretende dejar un mensaje para la reflexión: ¿Qué pasaría si Jesucristo no hubiese resucitado? Sin duda, este será el papel de mi vida, o al menos moriré en el intento. 

16 abr. 2011

A mí también me baja (a veces)

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En mi adolescencia tuve un episodio casi paranormal: menstrué. Sí, como una chica, lo juro. Primero sentí unos retorcijones en el vientre, luego me bajó. Y hasta me dieron ganas de llorar y  comer chocolates. Me caían mal los hombres, sobre todo el que veía frente al espejo. Del susto no salía del baño, razón por la cual mi abuela se preocupó y entró luego de  tocar la puerta par de veces. Al verme desnudo y sangrante prorrumpió: "¿tú también?" "¿Yo también qué?", respondí entre asustado y avergonzado. "Tienes el raro síndrome menstrual que han padecido algunos hombres de la familia, como uno de mis primos, de quien no supimos más desde esa vez que unos científicos soviéticos se lo llevaron para estudiar su caso. Ahora tú también con eso, lo que faltaba. Iré por unas toallas sanitarias".
Ese día la abuela me enseñó a usar las toallitas, me preparó un té de manzanilla y me puso bolsas de agua tibia sobre el vientre para relajar mi malestar. Decidimos guardar el secreto de mi extraña condición para evitar que mis padres la usaran en mi contra o que los rusos me desaparecieran, como lo hicieron con el primo. Ahora cada vez que me va a venir la sangre, me sale un gran mostacho al estilo de viejo actor mexicano y me brota una horrible espinilla en la punta de la nariz. Lo peor de mis síntomas es que me vuelvo insoportablemente sensible, sobre todo cuando se meten con mi bigote. 

15 abr. 2011

Mi primera bicicleta

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Jamás olvidaré el primer regalo que me obsequió mi padre: una bicicleta para niña. Era rosada y tenía un Hello Kitty en su cesta. A mí no me importó que tuviera motivos de nena, ni que yo aún no supiera andar en bicicleta. Papá dijo que cayéndome forjaría el carácter, no con esas sandeces del triciclo. Y para asegurarse de que todo estuviera bien en mi primer paseo en bicicleta, antes de ponerle el lazo de regalo se encargó de quitarle los frenos. A mamá le hacía tanta ilusión mi paseo que le pidió a papá que lo grabara. No hubo primeras caídas leves,  la mía fue directa al barranco, por donde rodé como una canción mexicana. Abajo me esperaba una enorme y filosa piedra que me rajaría el cráneo y aumentaría el índice de mortalidad infantil. Sin embargo, mi abuelo (el esbirrro), que había salido temprano a trabajar, acababa de echar a rodar un cuerpo en el despeñadero, así que gracias a mi abuelo mi caída se amortiguó sobre el cuerpo-cadáver. Desde abajo, adolorido y  magullado,  podía ver la discusión entre mi padre y el abuelo. Veía cómo mi padre le manoteaba al viejo en la cara, oía insultos lejanos. Pronto desfallecí, estuve en coma durante varias semanas y cuando desperté estaba en un hospital. Por una de las enfermeras me enteré de que mi madre había demandado al hospital por no desenchufarme a tiempo, para que no sufriera más, alegaba la que me parió. Al regresar a casa me enteré de que al abuelo lo habían internado en un asilo de ancianos y que papá no le hablaba aún; a pesar de que después de mi accidente los dos tuvieron que trabajar en conjunto para deshacerse del cuerpo y de la bicicleta para evitar interrogatorios indiscretos. Mientras ellos cavaban, mi madre les repartía limonada.  Todo esto me lo contó la abuela, ese día que fue a buscarme en el hospital, con su feroz olor a orines. También me advirtió acerca del mal humor de mamá, "no la provoques", me dijo, "desde que perdió la demanda con el hospital no se le puede ni mirar la cara".

10 abr. 2011

Niño X (a veces XY)

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De pequeño, cuando me acercaba a alguna niña, me golpeaba. Lo hacían todas, no importaba si eran feas o lindas. Las niñas sentían suyo el derecho de maltratarme a su antojo. Alguna vez se me ocurrió escribirle una carta a Marita, la más fea del curso, creyendo ingenuamente que por su condición seguramente me lo agradecería. Nunca soñé con las más lindas porque desde el primer día de clases mi padre, que es un hombre muy sabio, ya se había encargado de alertarme sobre mi futuro con las niñas y con el resto de mi vida: "Hijo, de aquí en adelante te tocará el último puesto y jamás la niña bonita.Ve a aprender lo que es la vida".  Aprendida la lección, intenté acercarme a Marita pero ella agarró la carta, la escupió, la pisoteó, me la restregó en la cabeza y luego me la hizo tragar, toda, íntegra.  Desde entonces he aprendido a tragarme todo, hasta mi amor propio.

Un día, a la hora del recreo, me agarraron entre todas y me encerraron en el salón de clases, me amarraron con sus cuerdas para saltar y derramaron sobre mi cabeza las botellitas de jugo de guayaba que habían dado de merienda en el comedor. Cuando la maestra logró abrir la puerta, las niñas ya estaban sentadas cada una en sus asientos, fingiendo hacer la tarea. Contra todo pronóstico, la maestra no creyó en mi versión y remató el absurdo exclamando a viva voz: "¡Por Dios, niño X, eres capaz de llegar muy bajo para llamar la atención de las niñas!" Sí, me llamaba niño X, no sólo la maestra sino el resto también, y cuando estaba verdaderamente furiosa conmigo me decía XY, anotándose en esa costumbre que tienen algunas mujeres de llamar a sus hijos por sus nombres completos cuando éstos se portan mal.


Desde ese día la maestra decidió ponerme a escuchar clases afuera del salón, pegado a la puerta, creyó que era lo más sano. La directiva de la escuela y mis padres estuvieron de acuerdo, sólo me permitían entrar al aula en el recreo, mientras los niños salían al patio a jugar. Desde entonces me gusta jugar al ahorcado. 

7 abr. 2011

El origen

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Nací un 29 de febrero, una fecha escurridiza si alguien desea ser agasajado en su cumpleaños. Mi madre no se esperaba este embarazo; así que cuando el ginecólogo anunció su repentina preñez, cayó en un estado depresivo del cual nunca se ha recuperado. Por supuesto que intentó deshacerse del feto que le corroía el útero y se le instalaba en el cuerpo como el parásito más impertinente. Tomó pastillas, practicó equitación y deportes extremos, se volvió alcohólica, ayunaba, bebió los menjurjes abortivos que le recomendaban y hasta se practicó un aborto maltrecho que le dejó una infección en los ovarios de por vida. Con todo y esto, nací yo, en un parto muy difícil, porque cuando estaba a punto de salir, mi madre apretó la vulva y se negó a pujar. Las enfermeras tuvieron que amarrarla, una la abofeteó mientras el médico aplicaba forceps. Dicen que cuando salí no lloré, me imagino que debió ser por causa del miedo. Estaba hecho caca encima y mi madre maldecía, eso dice el informe médico-psiquiátrico-policial que levantaron en tan peculiar trabajo de parto. Mamá se encargó de regalármelo cuando al fin aprendí a leer. También decía que ella se negó a mirarme y darme pecho cuando una enferma me acerco a su regazo. En la parte del informe que la incrimina por intento de asesinato se puede leer que mi madre se zafó de las ataduras e intentó estrangularme con el cordón umbilical. Culminado el parto se la llevaron presa. Mi abuela se encargó de trasladarme hasta el retén femenino para que me amamantara, mi madre aún me acusa de que por mi culpa pasó presa todo su permiso postnatal.
Dice mi abuela, que está loca y tiene un ojo tuerto, que cuando mi padre me vio por primera vez preguntó: "¿pero se irá componiendo con el tiempo?" A mi abuelo, el esbirro soviético que murió creyendo que Stalin fue un incomprendido, le hacía mucha ilusión mi nacimiento. Yo sería el heredero de su historia, de su diario y de sus instrumentos de trabajo. Como él tenía una orden de captura en su contra por crímenes de lesa humanidad, se presentó disfrazado al hospital. Al lado de mi cunita dejó una sonajera hecha de pequeños dientes que parecían humanos, según la abuela, porque nunca tuve el juguete conmigo. Mi madre prohibió los juguetes en casa, también la navidad y mi fiesta de cumpleaños y la vacuna contra el polio y la vacuna contra el sarampión. La decisión de suprimir la navidad la tomó en esa ocasión en que mi abuela, que es muy imaginativa y escucha voces, me puso un moño de regalo y me instaló bajo al árbol de navidad, para que su hija entendiera que yo había sido un regalo en su vida. Mi madre, que se enoja fácilmente, tumbó el árbol, sin antes levantarme, razón por la cual tengo una marca en mi ceja izquierda, producto de la estrella filosa y de metal que se me incrustó en la caída.
La familia de mi padre se dedica a los negocios, a excepción de mi tío el cura que está preso, acusado de pedofilia. El cura fue el tío que más cariño prodigó a mi infancia abandonada, era el único que lograba hacerme salir del clóset o de debajo de la cama, los lugares donde más tiempo pasaba. A veces, cuando me negaba a salir, mi tío se metía conmigo y jugábamos. 
Mi padre es bueno para las apuestas y las estafas; aunque una de las apuestas más importantes de su vida la perdió. Apostó con un amigo a que mi madre no me permitiría nacer. Perdió su automóvil de entonces y todavía le reclama a su mujer por haber provocado la derrota. 
El hermano mayor de mi padre es un traficante de niños y de órganos. Cuando yo era muy pequeño trató de venderme a una familiar rica y asiática, pero como mi padre exigió el 60%, se cayó el negocio. Molesto al no lograr un acuerdo, mi padre lo denunció a la policía. A mi tío lo metieron preso y desde entonces no se hablan. Yo lo visito eventualmente. 
El hermano gemelo de papá es narcotraficante, a él le gustaba regalarme osos de peluche cada vez que salíamos de viaje. Una vez iba a viajar con él y en esa oportunidad me regaló el oso más grande que he tenido en toda mi vida, era más grande que yo.  Ya casi estábamos listos para embarcar cuando de pronto se activó un mecanismo de seguridad a nuestro alrededor. Mi tío se escabulló y yo me quedé con el gran oso rasgado y supurando cocaína. Pasé varias semanas en un correccional y mamá firmó los papeles para que me quedara internado hasta que cumpliera la mayoría de edad, pero el Estado la demandó por incumplimiento de maternidad responsable y fue obligada a recibirme de nuevo. Desde entonces me azota.
Mi familia, mis obsesiones, éste es mi origen. Ténganme paciencia, estoy pal perro